25/11/2023
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En ocasiones, nos olvidamos de que somos templos de Dios, como bien nos recuerda Pablo de Tarso en 1 Corintios 3:16. Aunque hay una frase que me ronda la cabeza y me gustaría atribuir a Victor Hugo, no he podido encontrar la referencia exacta. La frase en cuestión es: ‘Nadie está más lejos de Dios quien está en el templo’. Aunque su autoría es incierta, nos invita a reflexionar sobre la paradoja de buscar a Dios en lugares externos, cuando en realidad, Él habita en nuestro interior.
Es importante internalizar esta realidad que se nos predica con frecuencia. Si Dios vive en mí, ¿por qué siempre lo buscamos en el cielo, en la iglesia o en cualquier otro lugar externo? Quizás sea porque aquellos que nos lo han enseñado no lo creen realmente o nunca lo han encontrado dentro de sí mismos.
Cristo vive en cada uno de nosotros, y esto no es una blasfemia. Cristo habita en el corazón de aquellos que le aman y guardan su palabra. Si seguimos sus enseñanzas y ponemos en práctica sus obras, estamos guardando su palabra. Sin embargo, a menudo la religión nos presenta una serie de reglas detalladas sobre cómo experimentar esta inhabitación divina en el alma, reservada solo para los grandes santos. Nos construyen una montaña que debemos escalar, cargándonos con pesadas cargas mientras ascendemos hacia la cima donde esperamos encontrarnos con Dios. Pero, ¿y si Dios ya está dentro de nosotros y no necesitamos alcanzar ninguna cima lejana? ¿Y si podemos experimentar su presencia aquí y ahora?
Personalmente, no lo experimento como una montaña a escalar. El cielo y el infierno están dentro de mí, dependiendo de a qué o quién alimente en mi interior. Si amo a Dios y guardo su palabra, eso me nutre y se refleja en mis acciones y palabras como obras de amor. El resto queda en un plano distinto.
Comparto con Dios mis alegrías y mis penas, pero sobre todo mis pecados, aquellos con los que cargó durante todo el día sin saber dónde dejarlos para descansar. Sin embargo, Él los recoge y los carga por mí, diciéndome: ‘Perdona, perdónate a ti mismo/a, yo ya te he perdonado’. El perdón es un proceso constante y necesario para encontrar paz interior.
“Recuerda, me dice el Señor, que el infierno no es un castigo impuesto por mi Padre, sino más bien las consecuencias de nuestras acciones y elecciones. Sin embargo, siempre estoy aquí para recibirte con amor y perdón. Mi deseo es que encuentres la paz y la plenitud en tu vida, y que puedas extender ese amor y bendición a los demás”.

Guía de meditación sobre este tema:
- Encuentra un lugar tranquilo y cómodo donde puedas sentarte sin distracciones.
- Cierra los ojos y respira profundamente varias veces, permitiendo que tu cuerpo se relaje y se calme.
- Reflexiona sobre la idea de que Dios habita en nuestro interior. Piensa en cómo esto puede cambiar la forma en que experimentamos nuestra relación con Él.
- Considera los pecados que mencionamos anteriormente y cómo pueden afectar nuestra vida y nuestras relaciones.
- Piensa en cómo estos patrones destructivos pueden convertirse en un infierno personal y cómo podemos evitar caer en ellos.
- Medita sobre la idea de que el infierno no es un castigo impuesto por Dios, sino más bien las consecuencias de nuestras elecciones y acciones.
- Reflexiona sobre la idea de que siempre hay amor y perdón disponibles para nosotros, incluso cuando nos alejamos de Dios.
- Toma unos momentos para agradecer a Dios por su amor y perdón, y por habitar en nuestro interior.
- Visualiza un futuro en el que evitas estos patrones destructivos y vives una vida plena y amorosa, compartiendo ese amor con los demás.
- Toma unas respiraciones profundas y lentas antes de abrir los ojos, sintiéndote renovado y lleno de amor y esperanza.
Espero que esta guía de meditación te sea útil y te ayude a profundizar en tu relación con Dios y a encontrar la paz y la plenitud en tu vida.






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