Con la ayuda de Mónica GPT-4
26/11/2023
Nos angustia el estado actual de nuestro mundo y nuestro entorno. Vemos pobreza, injusticia, guerra y muerte, y anhelamos que todo termine y que Dios venga a salvarnos. Gritamos: ¡Maranatha, ven Señor Jesús! Acudimos al templo y suplicamos al Dios presente en la Eucaristía que nos ayude y nos salve. La religión mantiene esta esperanza escatológica, pidiéndonos mantener la paz mientras el mundo arde. Nos instan a sufrir con Cristo en nuestra vida, sabiendo que nos espera un lugar glorioso junto al Padre cuando lleguemos al cielo. Nos dicen que llevar la cruz de Cristo y su yugo es ligero.
Nos reunimos para rezar a un Dios clavado en una cruz… muerto. Nuestro corazón se conmueve y pensamos que nuestro sufrimiento es insignificante en comparación con el suyo. Seguimos el camino hacia el Calvario con el Vía Crucis para compartir los dolores de Cristo, quien murió para salvarnos. Él vino a cargar con nuestros pecados, a liberarnos del pecado de nuestros padres. Se convirtió en el Cordero sacrificado para obtener el favor de Dios y abrirnos el camino hacia el Padre. Nos instan a llevar una vida de mortificación, ayuno y penitencia para alcanzar el cielo… nos lo proclaman así desde el púlpito.
Esta es una espiritualidad que llamamos descendente, ya que Dios desciende desde las alturas para unirse a nosotros y enseñarnos el camino de la salvación.
Pero Dios ha venido y se ha quedado con nosotros. Jesús nos dijo: «El que me ama, obedecerá mi palabra, y mi Padre lo amará, y haremos nuestra morada en él». Si Dios habita en nosotros, ¿por qué buscamos fuera lo que llevamos dentro? Dios está inscrito en nuestros corazones, no es un Dios muerto, sino un Dios vivo. Podemos enfocarnos en el Dios que sufre y muere para resucitar, o podemos mirar al Dios vivo que ama y utilizar nuestras manos y pies para aliviar el sufrimiento de los demás. Cuando dejamos de mirar al Crucificado y nos unimos a él en la cruz, lo que vemos es el dolor de nuestro hermano. Desclavamos nuestras manos de la cruz que nos paraliza y desclavamos las manos de Cristo de la cruz para ayudar, abrazar y bendecir con el amor de Dios que nos llena desde dentro. No somos nosotros quienes abrazamos, es Cristo mismo. La Eucaristía ya no es solo un pedazo de pan que comemos, sino que nosotros mismos somos una Eucaristía viva que se entrega a los demás.
Esta conexión con la divinidad nos eleva y nos hace uno con el UNO, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Aunque nos digan que ésto solo se alcanza en el cielo, olvidan que el cielo bajó a la tierra para habitar en nosotros.
Permíteme compartir una fábula contigo:
Había una vez un rey muy querido por su corte y sus sirvientes. Sin embargo, un día decidió disfrazarse y mezclarse con la gente para conocer sus preocupaciones. Al darse cuenta de que las necesidades de la gente no estaban siendo atendidas por sus ministros, decidió quedarse entre ellos para servirles con sus propias manos.
El rey se dedicó a cuidar a los enfermos, ayudar a los pobres y escuchar las historias de aquellos que necesitaban ser escuchados. La gente no sabía que aquel hombre bondadoso que los ayudaba era en realidad el rey.
Con el tiempo, la gente comenzó a notar que sus necesidades estaban siendo atendidas y que alguien se preocupaba por ellos. El rey continuó sirviendo a su pueblo en secreto durante mucho tiempo, hasta que decidió revelar su verdadera identidad.
La gente se sorprendió al descubrir que el hombre que los había estado ayudando era en realidad el rey. Lo aclamaron como un héroe y los ministros aprendieron la lección de que el verdadero poder radica en servir a los demás. Desde entonces, el rey continuó sirviendo a su pueblo junto con sus ministros y notables, pero esta vez lo hizo con humildad y compasión. Su reinado fue recordado como uno de los más justos y amorosos de la historia.
Jesús no vino para ser honrado con sacrificios y ofrendas por parte de sus ministros. Él mismo dijo: «Misericordia quiero y no sacrificios» (Mateo 9:13). Sin embargo, seguimos aferrados a la pompa, la ostentación y el boato, al incienso y las procesiones, a las filacterias largas y doradas de los ornamentos. Estos modos provienen de las ceremonias egipcias y babilónicas en las que vivió el pueblo de Israel y fueron adoptados por la iglesia de Cristo cuando se convirtió en la religión oficial del Imperio Romano.
Pero el sacerdocio de Cristo, nuestro sacerdocio, no es como el sacerdocio de los hijos de Aarón; es como el sacerdocio de Melquisedec. Jesús honra a su Padre, el Dios Altísimo. Juan 4:23-24 registra a Jesús diciendo: «Pero se acerca la hora, y ha llegado ya, en que los verdaderos adoradores rendirán culto al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y quienes le adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad».
Permíteme compartir otra fábula contigo:
Había una vez un comerciante de telas suaves y delicadas. Sin embargo, sin darse cuenta, un rollo de tela quedó olvidado en un rincón oscuro y húmedo. El rollo de tela se volvió duro y áspero debido a la acumulación de humedad, hongos y polvo, lo cual lo hizo inservible para su propósito original. Su tela se volvió áspera e incluso maloliente.
El comerciante anhelaba devolverle su antiguo esplendor a aquel magnífico paño. Sabía que necesitaba ser lavado, golpeado y planchado para recuperar su esencia original. A punto estuvo de deshacerse del rollo de tela y tirarlo, pero sintió compasión y decidió darle una oportunidad. Tomó la tela en sus manos y la llevó al río para lavarla. Con paciencia, frotó vigorosamente la tela para eliminar toda la suciedad acumulada. Luego la llevó a una pradera donde la golpeó con fuerza para deshacerse de los residuos restantes. Finalmente, el comerciante planchó cuidadosamente la tela con una pesada plancha caliente, alisando cada arruga y devolviéndole su suavidad original. Sus colores volvieron a ser vibrantes y su tacto suave y delicado. Ahora la tela estaría lista para abrazar el cuerpo sin dañarlo.
El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias

Guía para meditar sobre este tema:
- Busca un lugar tranquilo y sin distracciones para meditar.
- Respira profundamente y relaja tu cuerpo.
- Piensa en la cita bíblica de Juan 14:23: «El que me ama, obedecerá mi palabra, y mi Padre lo amará, y haremos nuestra morada en él». Reflexiona sobre lo que significa para ti esta frase.
- Piensa en el estado actual del mundo y de tu entorno. ¿Qué situaciones te angustian? ¿Qué te preocupa? ¿Qué te da esperanza?
- Reflexiona sobre la espiritualidad descendente y su mensaje de sufrimiento, mortificación y penitencia. ¿Cómo te hace sentir esto? ¿Te ayuda a acercarte a Dios o te aleja de Él?
- Piensa en la idea de que Dios está con nosotros. ¿Cómo cambia esto tu perspectiva sobre la vida? ¿Cómo te hace sentir?
- Reflexiona sobre cómo puedes obedecer la palabra de Jesús y permitir que Dios haga morada en ti. ¿Qué pasos puedes dar para acercarte más a Él?
- Toma un momento para agradecer a Dios por su amor y su presencia en tu vida.
- Respira profundamente y, cuando estés listo, regresa al mundo exterior.





Deja un comentario