Hoy, mientras paseaba con un amigo, me encontré inmerso en una conversación que resonó profundamente en mi ser. Hablamos de las pequeñas cosas de la vida cotidiana, y en un momento, nos detuvimos a reflexionar sobre nuestra tendencia a manifestar disconformidad. Nos quejamos de lo que vemos y oímos, señalando defectos, deseando que las cosas fueran diferentes. Es como si el descontento se convirtiera en una segunda piel, una sombra que nos acompaña a cada paso.
El peso del pasado y el futuro
En ocasiones, también nos perdemos en los laberintos de nuestros planes y deseos. Hablamos de lo que queremos hacer, de lo que hemos planeado, y en esa repetición constante, nos damos cuenta de que no encontramos el deseo o la perfección que anhelamos. Al final de nuestro paseo, me sentí insatisfecho, como si el tiempo hubiera pasado sin que hubiéramos cosechado algo verdaderamente valioso.
La belleza del ahora
Sin embargo, en nuestra charla, olvidamos lo más esencial: el ahora. Nos olvidamos de nosotros mismos, de nuestras emociones, de los sentimientos que nos ocupan o preocupan. Pasamos por alto la belleza del paisaje que nos rodea, la bondad del clima que nos abraza, y las mil y una razones que tenemos para disfrutar de nuestra compañía mutua.
El arte de vivir el presente
Es un recordatorio poderoso: el tiempo se escapa entre nuestros dedos, y a menudo no lo disfrutamos. Por ello, propongo que hagamos un propósito. Que nos recordemos mutuamente que el pasado no se puede cambiar y que el futuro está más allá de nuestro control.
Cultivando la conciencia
En cada paso que damos, en cada respiración, cultivemos la conciencia del presente. Detengámonos a apreciar lo que nos rodea, a escuchar las risas, a sentir la brisa en nuestro rostro. Que cada encuentro sea una oportunidad para celebrar la vida tal como es, con sus imperfecciones y su belleza.
Así, juntos, aprenderemos a vivir el presente, a abrazar cada momento, y a encontrar la paz en el aquí y el ahora.






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