Estoy perdido. Busco mi coche y no lo encuentro. El corazón empieza a palpitar, como si quisiera escapar de mi pecho. Giro la esquina y la ansiedad me invade. ¿Dónde estoy? Me siento en un banco, tratando de calmarme. El aire frío de finales de invierno me envuelve, y miro las gotas de lluvia que resbalan por las ramas de los árboles llenas de brotes que auguran el comienzo de la primavera.

Mientras me siento, miro a mi alrededor. La calle está mojada y brillante, reflejando las luces de los faroles. Todos parecen absortos en sus teléfonos, como si las pantallas fueran portales a un mundo más interesante que el que los rodea.

Reflexiono sobre la soledad. Me pregunto qué problemas arrastrará cada persona, observando sus expresiones. ¿Qué historias llevan consigo? ¿Cuántos de ellos se sienten tan perdidos como yo?

De repente, mis ojos se posan en un niño pequeño, de la mano de su madre. Él salta alegremente, sus pies aterrizan en cada charco, haciendo que el agua salpique a su alrededor. Su risa es contagiosa, y por un momento, me siento un poco más ligero.

Me imagino lo que podría ser volver a ser niño, cuando los problemas parecían lejanos. El niño me lanza una mirada curiosa y sonríe, como si me invitara a unirme a su juego. ¿Por qué no?

Decido dejar mis preocupaciones a un lado. «Si él puede saltar en los charcos, yo también puedo,» pienso. Así que me levanto, y con un guiño hacia el niño, empiezo a dar pequeños saltos, riendo de mí mismo.

En ese momento, siento que la ansiedad se disuelve, como la niebla al amanecer. «Voy a seguir a este niño,» me digo. Imagino que le doy la mano a mi ángel, esa figura imaginaria que me acompaña en mis meditaciones. «Llévame de vuelta a casa,» le susurro.

Y así, como un niño perdido que finalmente encuentra su camino, sigo al pequeño saltador. La calle mojada ya no es un lugar de confusión, sino un sendero de esperanza. Al final, no solo regreso a casa, sino que también encuentro un poco de alegría en el camino.

La vida está llena de momentos de ansiedad y confusión, pero a veces, todo lo que necesitamos es un poco de humor y la perspectiva de un niño para recordar que siempre hay un camino de regreso a la alegría.

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