En la ribera del río, donde los campos abandonados habían dado paso a una explosión de flores silvestres, José e Iñaki pasaban las tardes cuidando de sus colmenas. Bajo la sombra de un viejo almendro, las colmenas zumbaban con vida, un recordatorio constante de la labor incansable de las abejas. El aire estaba impregnado del aroma del néctar y de la dulce promesa de la miel.

José, un jubilado con el alma inquieta, observaba las colmenas con una mezcla de admiración y nostalgia. «¿Sabes, Iñaki?», comenzó mientras ajustaba su sombrero de apicultor. «Siempre me ha fascinado cómo trabajaban los apicultores hace dos siglos. Sin tecnología, sin colmenas modernas como estas. Todo era más… orgánico, más conectado con el ciclo natural.»

Iñaki, que aún trabajaba en la ciudad pero encontraba en la apicultura su escape, se inclinó sobre una colmena abierta. «Sí, pero también era menos eficiente. Ahora podemos cuidar mejor de las abejas, recolectar más miel y protegerlas de enfermedades. La tradición está bien, José, pero no podemos quedarnos atrapados en el pasado.»

José sonrió, su mirada perdida en el horizonte. «Es curioso cómo este debate se parece tanto a otros aspectos de la vida. ¿No crees? La modernidad contra la tradición. Lo nuevo contra lo antiguo. Incluso en la espiritualidad pasa lo mismo.»

Iñaki levantó la vista, intrigado. «¿A qué te refieres?»

José se sentó en un tronco cercano, señalando a las abejas que volaban en perfecta armonía. «Mira esas abejas. Cada una tiene un propósito, una misión. Trabajan juntas, sin cuestionar su papel en el gran diseño. Pero nosotros, los humanos, nos complicamos tanto con nuestras creencias, nuestras tradiciones religiosas… A veces siento que nos alejamos de lo esencial.»

Iñaki asintió lentamente. «Es cierto. Yo crecí en una familia muy religiosa, con rituales y normas que a menudo sentía como una carga. Pero últimamente he estado buscando algo más… personal. Algo que no venga dictado por libros o tradiciones, sino que nazca de mi interior.»

«Exacto», dijo José con entusiasmo. «La espiritualidad debería ser como la labor de estas abejas: una conexión íntima con algo más grande que nosotros mismos. No una lista de reglas que sigues por obligación, sino un zumbido interno que te guía hacia el amor, hacia el cuidado de los demás y del mundo que nos rodea.»

El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y dorados. Las abejas seguían trabajando, ajenas a los pensamientos profundos de sus cuidadores.

«Quizá», reflexionó Iñaki, «la espiritualidad del futuro sea así: menos palabras y más acciones. Menos dogmas y más cuidado por los demás y por la naturaleza.»

José asintió, su rostro iluminado por una sonrisa serena. «Y en esa unión íntima con Dios, encontraremos lo que siempre hemos buscado: paz, propósito y amor verdadero.»

Ambos quedaron en silencio, escuchando el zumbido constante de las colmenas. Era como si las abejas les estuvieran susurrando un secreto antiguo, una verdad que siempre había estado ahí, esperando ser descubierta.

Y mientras el río fluía suavemente y la noche comenzaba a envolver el paisaje, José e Iñaki entendieron que la búsqueda de Dios no estaba en los templos ni en los libros antiguos, sino en el cuidado amoroso de todo lo que les rodeaba: las abejas, las flores y, sobre todo, de los nuestros.

El zumbido continuó, eterno y lleno de vida.

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