Cuento corto

El monasterio de San Albano se alzaba majestuoso entre las montañas, como un anciano sabio que observa el paso del tiempo con paciencia infinita. Entre sus muros de piedra, Elias, un monje de mirada profunda y barba encanecida, pasaba sus días rodeado de libros antiguos. Había dedicado su vida a descifrar las profecías más enigmáticas: Daniel, Isaías, el Apocalipsis, San Malaquías… y, en un giro inesperado, los misterios de la física cuántica.

«¿Qué haces encerrado aquí todo el día, Elias?» preguntó el Padre Carlos, el prior del monasterio, con su voz grave y autoritaria. «¿No tienes nada mejor que hacer que leer esas tonterías?»

Elias levantó la vista de un pergamino amarillento y sonrió con calma. «La verdad rara vez es cómoda, Padre. Pero siempre es necesaria.»

El prior bufó y salió de la biblioteca con un portazo. Elias volvió a su lectura, ajeno al mundo exterior. Había algo en esas escrituras que lo inquietaba, una conexión que aún no lograba descifrar.

Una noche, mientras el monasterio dormía bajo la luz plateada de la luna, Elias tuvo un momento de epifanía. Los textos antiguos hablaban de «nuevos cielos y nueva tierra» tras un cataclismo cósmico. ¿Y si no se referían a una renovación espiritual sino a una migración física? ¿Y si la humanidad estaba destinada a ser trasplantada a otro planeta mediante un fenómeno cuántico?

Elias se levantó de golpe, derramando tinta sobre su mesa. «¡Es eso!» murmuró para sí mismo. «La teoría de los «mundos múltiples» de Everett… ¡es la clave!»

La teoría de los mundos múltiples de Everett es una interpretación de la mecánica cuántica que explica el multiverso. Esta teoría postula que cada estado posible de una medición cuántica se desarrolla en un universo diferente. Así, cada decisión tomada o cada evento ocurrido crea una bifurcación en la realidad, dando lugar a un número infinito de universos paralelos donde cada posibilidad se manifiesta. En este contexto, la idea de que la humanidad pudiera migrar a otro planeta no sería solo un sueño, sino una realidad tangible en uno de esos muchos mundos.

Al día siguiente, compartió sus ideas con algunos monjes jóvenes, quienes lo escucharon con curiosidad y algo de temor. Pero cuando el Padre Carlos se enteró, su reacción fue explosiva.

«¡Herejía!» bramó el prior, golpeando la mesa con su puño. «¡No permitiré que contamines a esta comunidad con tus delirios!»

Elias sabía que había cruzado una línea peligrosa. Pero también sabía que no podía detenerse.

Las semanas siguientes fueron un torbellino de tensiones en el monasterio. Elias continuó desarrollando su teoría en secreto, escribiendo febrilmente en un cuaderno que escondía bajo una losa suelta del suelo. Mientras tanto, el Padre Carlos hacía todo lo posible por desacreditarlo.

«No es más que un viejo loco,» decía el prior a los turistas que visitaban la biblioteca. «Sus ideas no tienen fundamento.»

Pero Elias no estaba solo. Algunos monjes comenzaron a cuestionar las enseñanzas tradicionales de la Iglesia y a preguntarse si Elias podría tener razón.

«¿Y si realmente hay algo más allá de lo que nos han enseñado?» susurró uno de ellos en la penumbra de la capilla.

La semilla de la duda había sido plantada.

Una noche, mientras Elias trabajaba en su cuaderno, escuchó pasos acercándose por el pasillo. Cerró rápidamente el libro y apagó la vela. Pero era demasiado tarde.

«¡Lo sabía!» exclamó el Padre Carlos al irrumpir en la celda de Elias. «¡Estás escribiendo tus herejías!»

Antes de que Elias pudiera reaccionar, el prior le arrebató el cuaderno y lo hojeó con furia. «¡Esto es inaceptable! ¡Mañana mismo informaré al obispo!»

Elias sintió un nudo en el estómago. Sabía que enfrentarse a la Iglesia era un camino sin retorno. Pero también sabía que no podía renunciar a la verdad.

«Eres libre de hacer lo que creas necesario, Padre,» dijo con serenidad. «Pero no puedes detener lo inevitable.»

Elias no esperó a que llegara el obispo. Esa misma noche, empacó algunos pergaminos y escapó del monasterio bajo la luz tenue de las estrellas. Sabía que lo buscarían, pero también sabía que debía seguir adelante.

Se refugió en una cabaña abandonada en las montañas y continuó trabajando en su teoría. Cada día se sentía más convencido de que estaba en lo correcto. Pero también sabía que el tiempo se agotaba.

Mientras tanto, el mundo comenzaba a mostrar señales inquietantes: terremotos, tormentas solares, avistamientos extraños en el cielo… Todo parecía encajar con las profecías.

Elias fue encontrado por agentes enviados por la Iglesia. Lo llevaron a un tribunal eclesiástico donde enfrentó un juicio lleno de acusaciones y amenazas.

«¿Niega usted las enseñanzas sagradas?» preguntó uno de los jueces con voz glacial.

«No las niego,» respondió Elias con firmeza. «Solo digo que hemos malinterpretado su verdadero significado.»

El juicio fue interrumpido abruptamente por una noticia alarmante: un cometa gigantesco se dirigía hacia la Tierra. El caos se desató en todas partes.

Elias fue liberado en medio del pánico generalizado. Mientras huía por las calles llenas de gritos y confusión, sintió una extraña paz interior.

«Es el final,» pensó. «Pero también es el principio.»

Cuando el cometa impactó contra la Tierra, todo quedó envuelto en oscuridad y fuego. Elias cerró los ojos y se entregó al destino con una oración silenciosa.

Cuando volvió a abrirlos, estaba en una playa bañada por aguas cristalinas bajo un cielo desconocido. Tres lunas brillaban en lo alto, lanzando su luz plateada sobre un paisaje paradisíaco.

Elias cayó de rodillas, lágrimas rodando por su rostro arrugado. «Tenía razón,» susurró con voz quebrada. «Gracias, Señor… por permitirme ver tu obra.»

En ese momento, supo que la humanidad había comenzado de nuevo en un lugar con cielos nuevos y nueva tierra donde los errores del pasado no serían repetidos. Y mientras miraba las lunas danzando en el cielo, comprendió que su búsqueda había valido cada sacrificio.

Fin

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