Elias abrió los ojos y sintió la brisa salada acariciar su rostro. Lo primero que notó fue un cielo extraño, con tres lunas suspendidas como guardianas silenciosas. Se incorporó lentamente, sus manos hundiéndose en la arena cálida y fina. Recordaba ser un anciano encorvado, de movimientos torpes, pero su cuerpo ahora era fuerte, ágil, rejuvenecido. Miró sus manos: sin manchas, sin arrugas. Era como si el tiempo hubiera retrocedido.

A su alrededor, la playa se extendía como un paraíso inexplorado. Aguas cristalinas reflejaban el brillo de las lunas, y a lo lejos, montes cubiertos de vegetación exuberante se alzaban como gigantes dormidos. Elias respiró profundamente y se puso de pie. Su mente, siempre analítica, comenzó a buscar respuestas. ¿Era esto el cielo? ¿Un sueño? ¿O acaso el multiverso cuántico del que tanto había leído y reflexionado?

Su mirada se perdió en el horizonte mientras una certeza se instalaba en su corazón: este lugar no era un azar. Había un propósito. Y él debía descubrirlo.

Adentrándose en la vegetación, Elias encontró un mundo de abundancia. Árboles cargados de frutos desconocidos, animales que parecían no temerle —uno incluso se acercó a olisquear su túnica— y un aire que parecía limpio, puro, casi sagrado. Mientras caminaba, fragmentos de las escrituras resonaban en su mente. «Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva…»

De repente, una voz resonó dentro de él, no como un trueno, sino como un susurro íntimo que parecía surgir desde lo más profundo de su ser.

—Elias, ¿lo entiendes ahora?

El monje se detuvo en seco, su corazón latiendo con fuerza.

—¿Quién eres? —preguntó al vacío.

—Soy quien siempre he sido, soy y seré. En este mundo, no estoy fuera de ti; estoy dentro. En el antiguo mundo tambien estaba, pero era necesario restaurar la naturaleza. Cada hombre lleva mi presencia en su corazón y ahora es evidente para todos y cada uno.

Elias cayó de rodillas, abrumado por la revelación. La voz continuó:

—Este es un nuevo comienzo. La iglesia ya no es un edificio ni una institución; es la comunidad viva de hombres y mujeres que me buscan en lo íntimo. Hablan conmigo en lo secreto y actuan atendiendo a mis gustos, por puro amor. Tú tienes una misión: guiar a otros hacia esta verdad y construir nuevas comunidades en esta tierra restaurada.

Elias sintió lágrimas correr por su rostro mientras la voz se desvanecía. Sabía que su vida había cambiado para siempre.

Con la misión ardiendo en su pecho, Elias cerró los ojos y pensó en alguien que pudiera acompañarlo en esta tarea titánica. Al abrirlos, estaba en un prado lleno de flores silvestres. Frente a él, un hombre alto y delgado recogía bayas con una sonrisa despreocupada.

—¿Padre Stefano? —exclamó Elias.

El hombre levantó la vista, sorprendido al principio, pero pronto su rostro se iluminó de alegría.

—¿Elias? ¡Por todos los cielos! ¿También tú estás aquí?

Se abrazaron con fuerza, como hermanos que se reencuentran tras una larga separación. Mientras compartían sus experiencias en este nuevo mundo, Elias le relató su encuentro con la divinidad y la misión que le había sido encomendada.

Stefano escuchó con atención, sus ojos brillando con entusiasmo.

—Entonces no hay tiempo que perder —dijo finalmente—. Si debemos construir comunidades, necesitamos encontrar a alguien que entienda cómo hacerlo. ¿Recuerdas al Padre Jose Kentenich?

Elias asintió lentamente. Kentenich había sido un visionario en el siglo XX, un hombre que había hablado de formar hombres nuevos para tiempos nuevos.

—¿Crees que está aquí? —preguntó Elias.

—Solo hay una forma de saberlo —respondió Stefano con una sonrisa traviesa—. Vamos a buscarlo.

Los dos monjes emprendieron su camino por paisajes que parecían salidos de un sueño. Prados interminables, ríos cristalinos y montañas majestuosas los rodeaban mientras avanzaban guiados únicamente por la fe y la intuición.

En el trayecto, Stefano no dejaba de bromear y reír, llenando el aire con una ligereza que contrastaba con la seriedad reflexiva de Elias.

—Dime, Elias —dijo Stefano una noche mientras descansaban junto a una fogata—, si pudieras pedirle algo a este nuevo mundo, ¿qué sería?

Elias lo miró pensativo.

—Pediría sabiduría para entender mi propósito aquí. Y tú, Stefano, ¿qué pedirías?

Stefano sonrió ampliamente.

—Un buen vino y un rebaño de ovejas que me sigan como si fuera su pastor.

Ambos rieron con ganas antes de quedarse dormidos bajo el cielo estrellado.

Tras días de caminata, llegaron a un valle donde encontraron una pequeña comunidad. Las casas eran modestas pero acogedoras, y las personas vivían en armonía con la naturaleza. Al acercarse, fueron recibidos con hospitalidad y curiosidad.

Una mujer llamada Clara los guió hasta el centro del pueblo donde se reunieron con los ancianos. Al mencionar el nombre de Jose Kentenich, los rostros de los presentes se iluminaron.

—Conocemos ese nombre —dijo uno de los ancianos—. Nos enseñó mucho sobre cómo vivir juntos en este nuevo mundo. Pero hace tiempo que partió hacia el Padre eterno.

Elias y Stefano intercambiaron miradas decididas.

—Entonces ¿cómo podremos conocer sus enseñanzas?—dijo Stefano.

Buscad a un anciano que en el viejo mundo era conocido por Papá Pepe, tiene un colmenar en aquellos montes- dijo Clara.

Clara les invitó a quedarse en su comunidad que les abrió el corazón y compartió con ellos todo lo que tenían. Alli permanecieron por un tiempo, pero decidieron ir a conocer a Papá Pepe

Antes de partir, Clara les entregó provisiones y les deseó suerte.

Finalmente, tras semanas de búsqueda, el Padre Elías y el Padre Stefano encontraron a Papá Pepe. Era una tarde tranquila, y el sol se filtraba a través de las hojas de los árboles, creando un ambiente sereno. El anciano los recibió con calidez y humildad. Aunque su restauracion no habia afectado a su edad aparente, seguía siendo el mismo hombre sabio y carismático que le habían contado.

—¡Hola, Papá Pepe! —saludó el Padre Elías con una sonrisa—. Hemos venido a aprender de ti. Nos han hablado de las enseñanzas de Jose Kentenich. ¿Le conociste?

Papa Pepe asintió, invitándolos a sentarse a su lado

—Bienvenidos, queridos hijos —respondió Papá Pepe, invitándolos a unirse a él en el trabajo—.No personalmente pero si estudiaba sus enseñanzas en el antiguo mundo. Aquí, en esta comunidad, estamos reconstruyendo este viejo monasterio que no es solo un edificio, sino un futuro basado en valores comunes.

Papá Pepe les habló sobre la visión de Jose Kentenich para este nuevo mundo pero que nunca había sido entendida: una confederación apostólica universal donde cada comunidad fuera autónoma pero conectada por ideales compartidos. Les explicó cómo educar al «hombre nuevo», alguien consciente de su dignidad divina y comprometido con el bienestar común.

Elias escuchaba fascinado mientras Stefano tomaba notas entusiastas en un cuaderno improvisado.

Stefano le interrumpió pues no entendía bien que era el hombre nuevo.
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—Por supuesto, queridos hijos. El «Hombre Nuevo» es un ideal que debemos perseguir —comenzó, mirando al horizonte—. Se trata de una transformación interior, un cambio que comienza en el corazón.

—¿Y cómo se logra eso? —preguntó el Padre Stefano, curioso.

—Primero, debemos abrirnos a una relación personal con Dios —respondió Papa Pepe—. Es en esa relación donde encontramos la humildad y la fe que nos guiarán.

El Padre Elías frunció el ceño, reflexionando.

—¿Pero ustedes tienen a la divinidad en su interior? ¿Por qué es importante desarrollar esa relación?

—Dios creó al ser humano para vivir en su compañía, en un diálogo íntimo y personal, compartiendo la totalidad de la creación y haciéndolo partícipe de su experiencia divina. En tiempos pasados, esta relación estaba oscurecida, a menudo oculta en el corazón del hombre. Hoy, sin embargo, se ha vuelto una realidad evidente para todos. Pero, como dos viajeros que se encuentran en el camino, es necesario entablar una conversación para conocerse y enamorarse de Aquél que es todo. Dios desea amigos, no siervos temerosos.

—Es interesante, pero ¿qué significa realmente ser amigo de Dios?

—Significa reconocer que Él ha preservado nuestra libertad. Así como fue en la antigua tierra, estamos aquí en esta nueva creación para cuidar de la obra divina. Esta relación simbiótica es esencial para entender el propósito de la vida. Nos necesitamos mutuamente, así como también dependemos de la naturaleza y ella de nosotros. Observa esta colmena: las abejas viven unas para otras, en perfecta armonía con su entorno. Recolectan el néctar que les brinda la naturaleza y, a cambio, fecundan las flores que dan frutos. Estos frutos alimentan a otros y también se convierten en la semilla de nueva vida.

—Eso suena hermoso, pero ¿cómo podemos aplicar eso en nuestra vida diaria?

—La clave está en cultivar esa relación con Dios y con los demás. Al igual que las abejas, debemos trabajar juntos, apoyándonos y reconociendo que cada acción tiene un impacto en el todo. La oración, la meditación y la reflexión son esenciales para mantener esa conexión viva. Cuando nos acercamos a Dios, encontramos el propósito y la dirección. A través de esta relación, aprendemos a amar y a ser amados, lo que transforma no solo nuestras vidas, sino también las vidas de quienes nos rodean.

—Entonces, ¿la espiritualidad no es solo un camino individual, sino también comunitario?

—Exactamente. La espiritualidad florece en comunidad. Al compartir nuestras experiencias y apoyarnos mutuamente, crecemos en amor y comprensión. Así como en la colmena, cada uno tiene un papel que desempeñar, y juntos podemos crear un ecosistema de amor y apoyo que refleje la divinidad que llevamos dentro.

—¿Y qué hay de la comunidad? ¿Cómo encaja eso en la idea del «Hombre Nuevo»?

—¡Excelente pregunta! —exclamó Papá Pepe—. La construcción de una comunidad es fundamental. No podemos ser «Hombres Nuevos» en soledad. Debemos apoyarnos mutuamente, vivir en fraternidad, y trabajar juntos por el bien común.

—Así que, ¿la transformación personal también beneficia a los demás? —intervino el Padre Stefano.

—Exactamente —dijo Papá Pepe, con una sonrisa—. La educación integral es clave. No solo se trata de adquirir conocimiento, sino de formarnos en valores éticos y espirituales. Debemos cultivar nuestras almas tanto como nuestras mentes.

Los frailes escuchaban atentamente, asintiendo con la cabeza.

—Pero, Papá Pepe —dijo el Padre Elías—, en este mundo nuevo, ¿cómo podemos ser agentes de cambio?

—Ah, ahí está el desafío —respondió Papa Pepe, con un brillo en los ojos—. Debemos ser valientes y comprometernos con la acción social. Cada uno de nosotros puede hacer la diferencia. Al trabajar por la justicia y la paz, nos convertimos en verdaderos «Hombres Nuevos».

El Padre Stefano sonrió, sintiendo la inspiración en sus palabras.

—Y en todo esto, ¿dónde queda el desarrollo personal? —preguntó.

—Es esencial —afirmó Papa Pepe—. El autoconocimiento y el crecimiento personal son pilares. Necesitamos ser conscientes de nuestras debilidades y fortalezas para enfrentar los desafíos de la vida con esperanza y resiliencia.

Los frailes se miraron entre sí, comprendiendo la profundidad de lo que Papa Pepe compartía.

—Entonces, ¿el «Hombre Nuevo» es una llamada a la acción y a la reflexión? —resumió el Padre Elías.

—Así es, mis queridos amigos —concluyó Papa Pepe, mirando al cielo—. Es un viaje que comenzamos en el corazón y que se manifiesta en nuestras acciones. Sigamos adelante, siempre buscando ser mejores, no solo para nosotros, sino para el mundo que nos rodea.
Con esas palabras, los frailes sintieron una renovada determinación, listos para abrazar el camino del «Hombre Nuevo» en sus vidas.

—Parece que estamos en esta nueva tierra para repetir y aprender la lección que no supimos asimilar en la tierra vieja —concluyó el Padre Elías, con un tono reflexivo.

—Así es —confirmó Papá Pepe, asintiendo con la cabeza—. Dios necesita nuestra transformación, porque existen muchos mundos y muchos tiempos que requieren personas capacitadas en el arte de amar y servir. Somos llamados a ser Su voz, Sus manos, y Sus pies en la tierra, ayudando a otros a transitar este camino.

—¿Y cómo podemos prepararnos para esa transformación? —preguntó el Padre Stefano que escuchaba atentamente.

—La clave está en el amor y la entrega —respondió el Padre Elías—. Debemos cultivar una relación íntima con Dios, permitiendo que Su amor nos transforme desde adentro. Cada acto de bondad y servicio que realizamos es un paso hacia esa transformación.

—Es cierto —añadió Papá Pepe—. Cada vez que elegimos amar, estamos construyendo un puente hacia los demás. En este nuevo mundo, donde todavía existe el recuerdo de lo perdido y de su dolorasa transicion a la nueva tierra el dolor es palpable, ser instrumentos de paz y amor es más crucial que nunca.

—Pero, ¿cómo podemos ser efectivos en nuestro servicio? —intervino el Padre Stefano—. A veces me siento abrumado por la magnitud de la necesidad que hay a nuestro alrededor.

—Es comprensible sentirse así —dijo el Padre Elías—. La clave es comenzar con pequeños actos. No subestimes el poder de una sonrisa, una palabra de aliento o una mano amiga. Cada pequeño gesto cuenta. Con el tiempo, esos actos se suman y pueden generar un impacto significativo.

—Además, no estamos solos en esto —agregó Papá Pepe—. Dios nos acompaña en cada paso. La oración y la comunidad son fundamentales. Compartir nuestras experiencias y apoyarnos mutuamente nos fortalece y nos anima a seguir adelante.

—Entonces, ¿podríamos decir que nuestra transformación personal es también una transformación colectiva? —preguntó el joven, iluminado por la conversación.

—Exactamente —respondió el Padre Elías—. Al transformarnos, también transformamos a quienes nos rodean. Es un proceso de contagio espiritual. Al final, todos estamos interconectados en este viaje.

Con las enseñanzas de Papá Pepe grabadas en sus corazones, Elias y Stefano regresaron a la comunidad de Clara, donde habían sido acogidos. Allí comenzaron a implementar lo aprendido, formando grupos de trabajo y reflexión donde cada persona podía descubrir su propósito y contribuir al bien común.

Quedaba por entender que era aquello de la confederacion apostolica universal, pero eso quedaba para otra visita a Papá Pepe.

Bajo las tres lunas del cielo restaurado, Elias reflexionaba sobre el camino recorrido. Habían pasado del desconcierto inicial al descubrimiento de una misión mayor que ellos mismos. Ahora entendía que este mundo no era solo un refugio tras el colapso; era una oportunidad para empezar de nuevo, para construir algo mejor.

Y así, bajo ese cielo lleno de esperanza, los dos monjes comenzaron a escribir el primer capítulo de una historia que cambiaría el destino del nuevo mundo para siempre.

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