Una mañana temprano, con un hatillo al hombro y un bastón en mano, Elias cruzó la última colina. Lo que encontró al otro lado lo dejó sin aliento: un desierto infinito se extendía ante él. El aire era seco y pesado, y la arena parecía susurrar secretos olvidados. Elias sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Cerró los ojos y escuchó. En el silencio de su interior, una voz resonó clara como el agua: «Cruza. Yo estaré contigo.»
El primer día en el desierto fue una lucha constante contra el calor abrasador y el viento que levantaba nubes de arena. Elias avanzaba lentamente, cada paso una pequeña victoria sobre el terreno hostil. Por la noche, bajo un cielo tachonado de estrellas, se sentó junto a una roca para descansar. Fue entonces cuando la voz volvió a hablarle.
—Elias, este mundo no es como el que conocías. Aquí el tiempo se cruza con el espacio. Puedes caminar por una época y despertar en otra. Pero no temas; esto facilitará tu tarea.
Elias cerró los ojos, tratando de comprender. La voz continuó:
—El hombre nuevo debe aprender a vivir en comunión conmigo, con los demás y con la tierra que le he dado. No es suficiente sobrevivir; deben prosperar en espíritu y construir comunidades fuertes, unidas en un solo corazón: el mío.
La voz se desvaneció, dejando a Elias con una sensación de paz y propósito. Al día siguiente, mientras caminaba bajo el sol implacable, comenzó a notar cosas extrañas. Una sombra de otro tiempo parecía cruzarse con la suya; un árbol seco se convertía por un instante en un frondoso roble antes de volver a su estado marchito. El desierto no era solo un lugar físico; era un umbral entre lo que fue y lo que podría ser.
Tras días interminables de caminar, Elias llegó finalmente a una comunidad grande al borde del desierto. Desde lejos, parecía una ciudadela prometedora, con numerosas viviendas apiñadas alrededor de una plaza central. Pero al acercarse, descubrió que lo que reinaba allí no era el orden ni la esperanza, sino el caos.
Las calles estaban llenas de gritos y discusiones. Los habitantes parecían perdidos, atrapados en una lucha constante por recursos escasos. Las casas estaban en ruinas, y los niños corrían descalzos entre montones de escombros. Elias sintió una punzada de dolor en el corazón.
En medio del tumulto, un hombre robusto con una barba descuidada se le acercó.
—¿Quién eres tú? —le preguntó con desconfianza.
—Soy Elias —respondió con calma—. He venido a ayudar.
El hombre lo miró de arriba abajo y soltó una carcajada amarga.
—¿Ayudar? Nadie puede ayudarnos aquí. Estamos condenados.
Pero Elias no respondió. En lugar de eso, caminó hacia la plaza central y subió a una estructura derruida que alguna vez fue un escenario. Desde allí alzó la voz:
—¡Escuchadme! He venido a compartir con vosotros una verdad que puede cambiarlo todo.
Al principio, solo unos pocos se detuvieron a escucharlo. Pero su voz tenía algo magnético, algo que resonaba incluso en los corazones más endurecidos. Poco a poco, la multitud creció hasta llenar la plaza.
Elias habló durante horas esa noche. Les contó sobre el Dios que vive en el corazón de cada hombre y mujer, sobre cómo podían encontrar libertad verdadera al desarrollar vínculos de amor entre ellos y con la tierra que los sustentaba. Les habló de comunidades fuertes, organizadas no por jerarquías de poder sino por los dones únicos de cada persona.
—Debemos aprender a orar en espíritu y en verdad —dijo—. No basta con palabras vacías; debemos conectarnos con el Dios que habita en nosotros y dejar que nos transforme desde adentro.
La gente lo escuchaba en silencio, algunos con lágrimas rodando por sus mejillas. Por primera vez en mucho tiempo, sentían esperanza.
En los días siguientes, Elias comenzó a trabajar con ellos. Les enseñó a reconstruir sus hogares y a organizarse para compartir las tareas necesarias para la comunidad. Pero más importante aún, les enseñó a orar juntos, a buscar ese espacio sagrado dentro de cada uno donde Dios esperaba pacientemente.
Los meses pasaron, y la comunidad comenzó a cambiar. Las calles dejaron de ser un campo de batalla y se convirtieron en lugares de encuentro y colaboración. Las casas volvieron a levantarse, no como fortalezas individuales sino como partes de un todo interconectado.
Un día, mientras Elías caminaba por la plaza, ahora llena de vida, un aire extraño se colaba entre las risas de los niños y el bullicio de los comerciantes. El sol brillaba con fuerza, pero había algo en la luz que parecía no pertenecer del todo a este mundo. Fue entonces cuando un niño pequeño, de cabello rizado y ojos claros como el cristal, se le acercó y le tomó la mano.
—Padre Elías —dijo el niño con una sonrisa que parecía demasiado sabia para su edad—, ¿te quedarás con nosotros para siempre?
Elías sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Había algo en la voz del niño, algo que lo inquietaba, aunque no podía precisar qué era. Se agachó para mirarlo a los ojos, y por un instante, creyó ver reflejado en ellos un paisaje que no pertenecía a esta ciudad: montañas oscuras, un cielo rojo como la sangre y una sombra que se movía con vida propia.
—No puedo quedarme para siempre —respondió Elías con calma, aunque su voz tembló ligeramente—. Pero Dios sí estará siempre contigo. Dejo aquí en esta plaza un signo de que Dios os ama.
Elías clavó su bastón en el suelo con fuerza, y en ese instante, algo extraordinario sucedió. El suelo comenzó a temblar bajo los pies de todos los presentes. Las risas cesaron, los murmullos se apagaron y el aire se volvió denso, casi irrespirable. Donde antes había tierra seca y piedras, surgió un pozo profundo lleno de agua cristalina. A su alrededor, como si respondieran a una llamada ancestral, comenzaron a florecer plantas y flores que nadie había visto jamás en la región. La vegetación se extendió rápidamente, cubriendo la plaza y avanzando hacia las calles de la ciudad.
La gente observaba con asombro y temor. Algunos se arrodillaron agradeciendo a Dios, mientras otros retrocedían lentamente, como si presentaran que algo más oscuro estaba ocurriendo. Elías se levantó y miró al niño, pero este ya no estaba allí. En su lugar, donde había estado de pie, solo quedaba una pequeña marca en el suelo: un círculo quemado, como si alguien hubiera dejado allí una antorcha encendida.
Esa noche, la ciudad no durmió. Aunque el pozo seguía brillando con una luz extraña y las plantas emanaban un aroma dulce y embriagador, el ambiente estaba cargado de tensión. Los animales estaban inquietos, y algunos habitantes aseguraban haber oído susurros provenientes del agua del pozo.
A la mañana siguiente, Elías despertó temprano y decidió volver a la plaza. Algo lo llamaba, algo que no podía ignorar. Cuando llegó al pozo, lo encontró rodeado de gente murmurando en voz baja. Un hombre mayor se acercó a él con el rostro pálido.
—Padre Elías —dijo con voz temblorosa—, algo no está bien. Desde anoche, varios han desaparecido. Primero fue el niño que estaba contigo en la plaza… luego una mujer que fue a buscar agua del pozo… Ahora nadie se atreve a acercarse demasiado.
Elías frunció el ceño y se acercó al pozo. El agua cristalina reflejaba su rostro, pero cuando miró más de cerca, vio algo moverse bajo la superficie. Era una sombra negra, amorfa, que parecía observarlo desde las profundidades.
—¿Qué es esto…? —murmuró para sí mismo.
De repente, una voz surgió del pozo, un susurro gutural que parecía venir de todas partes y de ninguna al mismo tiempo.
—Elías… —dijo la voz—. Pensaste que traías bendición… pero has abierto una puerta.
Elías retrocedió bruscamente, su corazón latiendo con fuerza. La gente alrededor lo miraba con ojos llenos de miedo.
—¿Qué significa esto? —preguntó Elías en voz alta—. ¿Quién eres?
La voz rió suavemente, un sonido que heló la sangre de todos los presentes.
—Soy lo que siempre he sido… lo que yace dormido bajo esta tierra desde antes de que ustedes llegaran. Tú me has despertado.
Elías apretó su bastón con fuerza. Había oído historias antiguas sobre entidades que dormían bajo el mundo mortal, esperando ser liberadas. Pero nunca pensó que tales cuentos fueran reales.
—Esto es obra de Dios —dijo con firmeza—. Este pozo es un símbolo de su amor.
La sombra en el agua pareció agitarse violentamente.
—¿Dios? —se burló la voz—. ¿Crees que Él tiene poder aquí? Este lugar me pertenece… Y ahora tú también.
Antes de que pudiera reaccionar, un tentáculo oscuro emergió del agua y se abalanzó sobre él. Elías levantó su bastón justo a tiempo para bloquearlo, pero el impacto lo lanzó hacia atrás. La gente gritó y corrió en todas direcciones mientras la sombra comenzaba a extenderse fuera del pozo.
Elías sabía que tenía que actuar rápido. Se levantó tambaleándose y comenzó a recitar oraciones con toda la fe que tenía en su corazón. La sombra pareció detenerse por un momento, como si dudara. Pero luego volvió a avanzar, más fuerte que nunca.
De repente, una luz brillante surgió del cielo. Era tan intensa que todos tuvieron que cubrirse los ojos. Cuando Elías miró hacia arriba, vio una figura radiante descender lentamente hacia la plaza. Era alta y majestuosa, con alas doradas que parecían hechas de fuego puro.
La figura extendió una mano hacia el pozo, y la sombra emitió un grito ensordecedor antes de ser arrastrada de vuelta al agua. El pozo comenzó a secarse rápidamente hasta que no quedó nada más que un agujero vacío en el suelo.
La figura se volvió hacia Elías y le habló con una voz serena pero poderosa:
—Has cometido un error al abrir esta puerta, pero tu fe ha salvado a esta ciudad. Recuerda siempre: no todo lo que brilla proviene de la luz.
Y con esas palabras, la figura desapareció tan repentinamente como había llegado.
Elías cayó de rodillas, agotado pero agradecido. La plaza quedó en silencio absoluto mientras la gente emergía lentamente de sus escondites. Aunque el peligro había pasado, todos sabían que algo había cambiado para siempre en aquel lugar.
Desde ese día, nadie volvió a mencionar el pozo ni al niño extraño que lo había iniciado todo. La vegetación desapareció tan rápido como había crecido, dejando solo tierra seca y piedras como antes. Pero algunos juraban que por las noches todavía podían escuchar susurros provenientes del lugar donde alguna vez estuvo el pozo… como si algo siguiera acechando desde las sombras.
Elías apretó su bastón con fuerza. Había oído historias antiguas sobre entidades que dormían bajo el mundo mortal, esperando ser liberadas. Pero nunca pensó que tales cuentos fueran reales. Sin embargo, en ese instante, una idea comenzó a florecer en su mente: ¿y si cada historia era solo una de las infinitas realidades que coexistían en el vasto multiverso?
En la teoría del multiverso de Everett, cada decisión y cada evento crean bifurcaciones en la realidad, dando lugar a universos paralelos donde cada posibilidad se materializa. Así, en un universo, esas entidades podrían ser meras leyendas, mientras que en otro, podrían ser fuerzas poderosas que influyen en el destino de los mortales. Elías sintió un escalofrío al imaginar que, en algún rincón del multiverso, él mismo podría haber sido un guardián de esos secretos antiguos, o tal vez un héroe que había enfrentado a esas criaturas.
Con cada latido de su corazón, la posibilidad de que el mundo que conocía era solo una fracción de lo que realmente existía se hizo más evidente. Las historias que había escuchado de niño, sobre dioses y demonios, eran más que simples fábulas; eran ecos de verdades que resonaban a través de los universos. ¿Qué pasaría si esas entidades, que ahora yacían en un profundo sueño, despertaran en un universo donde Elías no estaba preparado para enfrentarlas?
El bastón en su mano se convirtió en un símbolo de su conexión con el tejido de la realidad. Comprendió que cada acción que tomaba no solo afectaba su vida, sino que también tejía nuevas realidades en el vasto tapiz del multiverso. Con determinación, decidió que debía explorar más allá de los límites de su entendimiento, buscando respuestas no solo en su mundo, sino también en aquellos mundos que se entrelazaban con el suyo.
Así, Elías se embarcó en una búsqueda que lo llevaría a descubrir no solo las verdades ocultas de su propio universo, sino también las interacciones de su existencia con las innumerables realidades que lo rodeaban. En su corazón, sabía que el tiempo de las entidades dormidas estaba cerca, y él, como un viajero entre mundos, estaba destinado a jugar un papel crucial en el despertar de lo que había estado oculto durante tanto tiempo.







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