Había una vez, en una vasta sabana dorada, un joven león llamado Kanu. Kanu era fuerte, ágil y valiente, pero también tenía un problema: no podía controlar sus emociones. Si algo lo asustaba, rugía y huía sin pensar. Si algo lo enfurecía, atacaba sin medir las consecuencias. Y si algo lo tentaba, como el olor de un delicioso antílope, dejaba todo lo que estaba haciendo para perseguirlo. Esto le causaba muchos problemas, porque a menudo se metía en líos o terminaba agotado sin razón.

Un día, mientras vagaba cerca de un río, Kanu se encontró con una vieja serpiente llamada Sesha. Sesha era conocida por su sabiduría y su calma inquebrantable. La serpiente lo observó con sus ojos brillantes y le dijo:

—Puedo ver que eres fuerte, joven león, pero también veo que eres esclavo de tus impulsos. ¿Te gustaría aprender a dominar tu mente y encontrar el verdadero poder?

Kanu, intrigado pero algo orgulloso, respondió:
—¿Qué puedes enseñarme tú, una serpiente tan pequeña? Yo soy el rey de la sabana.

Sesha sonrió con paciencia.
—El verdadero rey no es quien reacciona a todo lo que sucede a su alrededor, sino quien gobierna su mundo interior. Si quieres aprender, ven conmigo.

Aunque dudoso, Kanu decidió seguir a Sesha. La serpiente lo llevó a una cueva tranquila, lejos del bullicio de la sabana. Allí le pidió que se sentara y cerrara los ojos.

—Escucha tu cuerpo —dijo Sesha—. ¿Qué sientes?

Kanu obedeció. Al principio solo sentía su respiración y el latido de su corazón. Pero pronto notó algo más: una inquietud que corría por sus patas, un calor en su pecho que lo hacía querer rugir, y un hambre que no era solo de comida, sino de algo que no podía nombrar.

—Eso que sientes —explicó Sesha— es tu «yo animal». Es la parte de ti que reacciona rápidamente a los estímulos: el miedo al peligro, la ira ante una amenaza, el deseo de placer inmediato. Es útil para sobrevivir, pero si no lo controlas, se convierte en tu amo.

Kanu frunció el ceño.
—¿Cómo puedo controlarlo?

Sesha asintió con satisfacción ante la pregunta.
—Primero, debes entender cómo funciona. Cada vez que sientes miedo o enojo, tu cuerpo libera sustancias químicas: adrenalina para luchar o huir, cortisol cuando estás estresado. Estas sustancias te preparan para actuar rápidamente, pero también pueden atraparte en un círculo de reacciones automáticas. ¿Recuerdas la última vez que te enfureciste?

Kanu recordó un día en que había rugido y atacado a otro león simplemente porque lo miró fijamente. Al final del enfrentamiento, ambos estaban heridos y agotados.

—Sí —admitió Kanu—. Y no me hizo sentir mejor.

Sesha asintió con sabiduría.
—Eso es porque no eras tú quien actuaba; era tu «yo animal». Pero aquí está el secreto: puedes entrenar a ese «yo» como entrenarías a tus músculos. Cada vez que sientas una emoción intensa, detente y respira profundamente. Observa lo que sientes sin reaccionar de inmediato. Es como si estuvieras domando a una bestia salvaje dentro de ti.

Kanu practicó día tras día. Al principio fue difícil; cuando sentía hambre o ira, su instinto era actuar de inmediato. Pero poco a poco aprendió a detenerse, respirar y observar sus emociones como si fueran nubes pasajeras en el cielo.

Un día, mientras caminaba por la sabana, vio a un grupo de hienas devorando un antílope que había cazado horas antes. Su primer impulso fue rugir y atacar para recuperar su presa. Pero recordó las palabras de Sesha: «Detente y respira». Cerró los ojos por un momento y notó cómo la ira burbujeaba en su pecho. Pero en lugar de actuar, respiró profundamente hasta que la emoción comenzó a desvanecerse.

Cuando abrió los ojos, se dio cuenta de algo importante: aún tenía hambre, pero no necesitaba pelear por ese antílope. Podría cazar otro más tarde con calma y sin arriesgarse.

Regresó a la cueva de Sesha para contarle lo sucedido. La serpiente sonrió con aprobación.

—Has dado el primer paso hacia el verdadero silencio interior —dijo—. Ahora entiendes que no eres tus emociones ni tus impulsos; eres quien los observa y decide cómo actuar.

Desde ese día, Kanu se convirtió en un león diferente. Seguía siendo fuerte y valiente, pero ahora también era sabio y sereno. Había aprendido a domar a su «yo animal» y a vivir en equilibrio con él.

Y así, Kanu descubrió que el verdadero poder no está en reaccionar al mundo exterior, sino en gobernar el mundo interior.

Moraleja: Dentro de todos nosotros hay un «yo animal» que reacciona instintivamente al placer y al dolor. Pero no somos esclavos de él; con práctica y paciencia podemos observarlo, comprenderlo y elegir cómo actuar. La fuerza verdadera nace del silencio interior y la calma del espíritu.

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