¿Cuántas veces se retiraba Jesús a orar en los evangelios?
En un mundo lleno de ruido y distracciones, encontrar momentos de silencio se ha convertido en un verdadero desafío. Sin embargo, la oración en esos espacios de quietud es esencial para conectar con lo divino y con nosotros mismos.
Imaginemos a Jesús, quien, a lo largo de los Evangelios, se retiraba a lugares solitarios para orar. En Lucas 6:12, se nos cuenta que pasó toda la noche en oración antes de elegir a sus apóstoles. Este acto de apartarse del bullicio de la gente no solo le permitió buscar dirección, sino también fortalecer su relación con el Padre.
La oración en silencio nos invita a entrar en un espacio interior donde podemos escuchar la voz de Dios. En este contexto, la figura de Santa Teresa de Jesús se vuelve relevante. Ella hablaba de las «moradas» del alma, donde cada habitación representa un nivel de intimidad con Dios. En la cuarta morada, se menciona cómo la oración de quietud ensancha el corazón, permitiendo que el amor divino fluya en nosotros.
Cuando nos alejamos del ruido externo, encontramos la paz que tanto anhelamos. La oración se convierte en un diálogo íntimo, donde no se trata solo de hablar, sino de escuchar. Este silencio interior nos transforma, como el gusano que se convierte en mariposa, permitiendo que el amor de Dios ordene y renueve nuestras vidas.
Así como Jesús se retiraba a orar, nosotros también estamos llamados a buscar momentos de soledad y silencio. En esos instantes, podemos dejar atrás las preocupaciones y distracciones, y abrir nuestro corazón a la presencia de Dios. La oración en silencio no es solo una práctica espiritual; es un refugio donde encontramos claridad, propósito y amor.
En conclusión, cultivar la oración en silencio es esencial para nuestro crecimiento espiritual. Al igual que Jesús y Santa Teresa, busquemos esos momentos de retiro que nos acercan a lo sagrado y nos permiten vivir en plenitud.
Escucha ahora este cuento:
En un monasterio alejado del bullicio del mundo, un joven monje llamado Anselmo se encontraba en un momento de inquietud. A pesar de sus esfuerzos por concentrarse en la oración, las distracciones del entorno lo abrumaban. Un día, decidió buscar la sabiduría de su maestro, el anciano monje Elías.
Anselmo se acercó a Elías mientras este contemplaba el horizonte desde una colina cercana. «Maestro, siento que mi oración no tiene sentido. El ruido y las distracciones me impiden conectar con Dios», confesó el joven.
Elías sonrió con comprensión y le dijo: «La oración es como un río que fluye, Anselmo. Si no encuentras un espacio tranquilo, ese río se convierte en un torrente desbordado, incapaz de llegar a su destino.»
El maestro invitó a Anselmo a acompañarlo a un lugar apartado en el bosque, donde los árboles susurraban suavemente y el canto de los pájaros era la única música. Allí, se sentaron en silencio, dejando que la paz del entorno los envolviera.
«Escucha, joven», comenzó Elías. «La oración en silencio es una puerta que nos lleva a la intimidad con Dios. En el bullicio, es fácil perderse y olvidar quiénes somos. Pero en el silencio, escuchamos la voz de nuestro corazón y la respuesta de Dios.»
Anselmo cerró los ojos y respiró profundamente. Con cada inhalación, sentía cómo las tensiones se desvanecían, y con cada exhalación, dejaba ir sus preocupaciones. En ese silencio, comenzó a escuchar sus propios pensamientos, pero también una voz suave que le decía: «Estoy aquí, siempre contigo.»
Después de un tiempo, Elías abrió los ojos y miró a su discípulo. «¿Sientes la diferencia, Anselmo?» preguntó. El joven asintió, sintiendo una paz que nunca había experimentado antes.
Al regresar al monasterio, Anselmo se sentía renovado. Comprendió que apartarse del ruido del mundo no solo era necesario para orar, sino esencial para su crecimiento espiritual. Desde aquel día, buscó momentos de silencio, donde podía encontrarse con Dios y escuchar su voz.
El maestro, satisfecho con la transformación de su discípulo, le recordó: «Recuerda, Anselmo, que el silencio no es solo la ausencia de ruido, sino un espacio sagrado donde Dios puede hablar a nuestro corazón.»
Y así, el monje continuó su camino, llevando consigo la lección de la importancia de la oración en silencio, un refugio en medio del bullicio de la vida.







Deja un comentario