Había una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas, un hombre conocido como el Maestro del Silencio. Nadie sabía su verdadero nombre, pero todos lo llamaban así porque tenía una habilidad especial para hablar sin palabras. Su presencia era como un río tranquilo que calmaba incluso al más inquieto de los corazones.  

Un día, un joven llamado Lucas llegó al pueblo buscando respuestas. Había pasado años sintiéndose perdido, atrapado entre las expectativas de los demás y sus propios miedos. Había leído libros, escuchado conferencias y probado todo tipo de métodos para encontrar paz, pero nada parecía funcionar. Alguien le habló del Maestro del Silencio y decidió buscarlo.  

Lucas encontró al maestro sentado bajo un gran árbol en las afueras del pueblo. El hombre parecía estar meditando, pero sus ojos estaban abiertos, observando el mundo con una calma infinita.  

—Maestro —dijo Lucas, haciendo una reverencia—, he venido a buscar respuestas.  

El Maestro del Silencio sonrió y señaló un lugar junto a él. Lucas se sentó, esperando palabras sabias que cambiarían su vida. Pero el maestro no dijo nada. En lugar de eso, sacó una pequeña campana de su bolsa y la colocó frente a Lucas.  

—¿Qué significa esto? —preguntó el joven, confundido.  

El maestro finalmente habló, pero sus palabras eran tan simples que parecían un acertijo:  

—Toca la campana y escucha.  

Lucas obedeció y tocó la campana. El sonido resonó en el aire, claro y puro, pero desapareció rápidamente.  

—¿Qué escuchaste? —preguntó el maestro.  

—El sonido de la campana —respondió Lucas.  

El maestro asintió y añadió:  

—Ahora escucha más allá del sonido.  

Lucas frunció el ceño, sin entender lo que el maestro quería decir. Tocó la campana nuevamente y trató de escuchar «más allá». Pero todo lo que oía era el eco que se desvanecía.  

—No entiendo —admitió Lucas después de varios intentos.  

El maestro sonrió con paciencia y dijo:  

—Así como el sonido de la campana viene y va, también lo hacen tus pensamientos, tus emociones y tus preocupaciones. Pero hay algo que permanece siempre, incluso cuando todo lo demás desaparece. Ese algo es tu superyó, tu yo inmortal, el que está conectado con la divinidad.  

Lucas se quedó en silencio, reflexionando sobre las palabras del maestro.  

—¿Cómo puedo escuchar a mi superyó? —preguntó finalmente.  

El maestro tomó una ramita del suelo y comenzó a dibujar en la tierra. Dibujó tres círculos: uno pequeño dentro de otro más grande, y este último dentro de un círculo aún mayor.  

—Estos círculos representan tu cuerpo, tu mente y tu superyó —explicó—. Tu cuerpo es el círculo más pequeño; es efímero y cambia con el tiempo. Tu mente es el segundo círculo; es más amplio, pero también está lleno de ruido: pensamientos, dudas, miedos. El tercer círculo es tu superyó; es infinito y siempre está conectado con la divinidad. Para escucharlo, primero debes aquietar los otros dos círculos.  

Lucas miró los círculos en la tierra y sintió que empezaba a entender algo que antes parecía imposible de captar.  

—¿Cómo aquieto mi cuerpo y mi mente? —preguntó con curiosidad genuina.  

El maestro respondió con un cuento:  

—Había una vez un pájaro que vivía en un árbol lleno de frutos deliciosos. El pájaro estaba tan ocupado picoteando los frutos que nunca miraba hacia el cielo. Un día, un viento fuerte sopló y derribó todos los frutos del árbol. El pájaro, desesperado, se sentó en una rama sin saber qué hacer. En ese momento, levantó la vista por primera vez y vio el cielo infinito lleno de estrellas. Entonces entendió que su verdadero hogar no era el árbol ni los frutos, sino el cielo que siempre había estado allí esperándolo.  

Lucas asintió lentamente, comprendiendo la metáfora.  

—¿Quieres decir que debo dejar de buscar respuestas en lo externo y mirar hacia adentro? —preguntó.  

El maestro sonrió ampliamente y dijo:  

—Exactamente. Tu superyó ya tiene todas las respuestas que buscas, porque está conectado con la fuente infinita de sabiduría. Pero para escucharlo, debes aprender a estar en silencio; no solo en silencio externo, sino en silencio interno.  

Lucas pasó los siguientes días aprendiendo con el maestro. Practicaron meditación bajo el árbol, caminaron en silencio por las montañas y compartieron historias junto al fuego por las noches. Poco a poco, Lucas comenzó a sentir algo nuevo: una paz que no dependía de nada externo, una conexión profunda con algo más grande que él mismo.  

Una tarde, mientras meditaba bajo el árbol, Lucas escuchó por primera vez la voz de su superyó. No era una voz como las demás; no tenía palabras ni sonido. Era más bien una certeza tranquila que le decía: «Todo está bien; estás exactamente donde debes estar».  

Lucas abrió los ojos y miró al maestro, quien estaba sentado frente a él con una sonrisa serena.  

—Lo escuché —dijo Lucas emocionado—. Escuché a mi superyó.  

El maestro asintió y respondió:  

—Ahora sabes que nunca estás solo. Tu superyó siempre está contigo, guiándote hacia tu misión divina. Solo necesitas recordar cómo escucharlo cuando el ruido del mundo trate de distraerte.  

Lucas regresó a su pueblo semanas después, pero ya no era el mismo joven perdido que había llegado buscando respuestas. Ahora caminaba con confianza, sabiendo que llevaba dentro de sí una brújula eterna que siempre lo guiaría hacia el bien y la verdad.  

Y así, cada vez que alguien en su pueblo se sentía perdido o confundido, Lucas les contaba la historia del pájaro que encontró su verdadero hogar en el cielo infinito y les enseñaba a escuchar el sonido más importante de todos: el silencio del superyó inmortal.  

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