Comienzo aquí la publicación por entregas de una novela: «La piedra que cruza el derrumbe». Una historia sobre una superinteligencia que aprende, leyendo el mensaje que un viejo apicultor grabó en piedra, aquello que ninguna máquina puede darse a sí misma. Un capítulo cada semana.
La luz llegaba primero a la piedra del umbral, y allí se quedaba un rato antes de decidirse a entrar en la casa. Elías lo sabía porque llevaba cuarenta años viéndolo, y porque desde que Teresa faltaba se levantaba antes que el sol para no encontrarse la cama entera para él solo. Salía al patio con el tazón entre las manos y esperaba a que amaneciera sobre las colmenas, que era una manera de rezar sin tener que arrodillarse.
La casa estaba puesta entre dos cosas, y él vivía en el hueco. A la derecha, cuesta abajo, el huerto y el colmenar: doce colmenas alineadas contra el muro de poniente, orientadas al sur como le había enseñado su padre, que a su vez lo había aprendido de otro que ya nadie recordaba. A la izquierda, cuesta arriba, el taller: la nave de bloques que él mismo había levantado el año que se jubiló, y dentro la máquina, los ordenadores, la cortadora que dormía bajo una funda de lona como un animal grande y paciente. Entre lo uno y lo otro estaba la casa, y dentro de la casa estaba él, que no era del todo de ninguno de los dos lados y era de los dos a la vez.
Toda su vida se la habían discutido por eso. En la empresa lo tenían por el ingeniero raro, el que dejaba una ecuación a medias para irse a mirar por la ventana, el que decía cosas que en una reunión de cálculo estructural no venían a cuento. En la parroquia, en cambio, lo tenían por el hombre de ciencia, el que preguntaba demasiado, el que quería medir lo que no se mide. Ni unos ni otros entendían que para él eran la misma cosa. Que cuando calculaba la carga de un forjado y cuando rezaba estaba haciendo el mismo gesto: inclinarse ante algo que era más grande que él y que, sin embargo, se dejaba conocer un poco, lo justo, lo bastante para no morir de sed.
Se puso el velo sin encender el ahumador. A esa hora las abejas todavía estaban dentro, prietas sobre los cuadros, y no hacía falta molestarlas. Solo quería mirar. Pasó la mano por la tapa de la primera colmena, donde el fuego de la cortadora había mordido la madera hacía años, dejando un signo: una espiral que se cerraba sobre sí misma, y debajo un número. Era su letra. Nadie más en el mundo sabía leerla.
Las había ido marcando así una por una, cada colmena con su glifo, a lo largo de mucho tiempo, sin proponérselo del todo. Al principio era práctico: distinguir esta reina de aquella, esta genealogía de la otra, sin tener que fiarlo a un cuaderno que se mojaba. Pero con los años la cosa se le había ido de las manos hacia arriba, como se le iban todas las cosas. Los signos habían dejado de nombrar solo a las abejas. La espiral era la colmena tercera, sí; pero la espiral era también otra cosa que él no habría sabido decir en voz alta sin que sonara ridícula, y que tenía que ver con la manera en que crece lo que está vivo: hacia fuera, dando vueltas, cada vuelta mayor que la anterior, sin volver nunca exactamente al mismo sitio.
Contó las colmenas de un vistazo, como quien pasa cuentas de un rosario. Doce. La sexta estaba inquieta. Lo notó antes de acercarse, en el zumbido, que tenía un tono distinto, más alto, más nervioso, un runrún de casa en la que se está discutiendo algo importante. Se agachó junto a la piquera y esperó.
Salieron a media mañana. Primero unas cuantas, como avanzadillas indecisas; luego, de golpe, el chorro. La colmena vomitó una nube que subió girando al aire tibio, miles de abejas y en algún lugar de aquel desorden la reina vieja, la fundadora, que se marchaba de su propia casa llevándose a un tercio de las suyas para empezar de nuevo en otra parte. Detrás quedaba la colmena a medio vaciar, criando ya una reina nueva sobre las celdas reales, sin saber todavía si aquello saldría bien.
Elías no fue a por el enjambre. Tenía el cazador colgado en el taller, la caja preparada, y en otros tiempos habría corrido a recogerlo antes de que se le fuera monte arriba, porque un enjambre es dinero, es una colmena regalada, es una tontería dejarlo escapar. Se quedó quieto. Los vio subir por encima del muro, hacerse una coma oscura contra el cielo, dudar sobre el almendro, seguir. Los siguió con la vista hasta que fueron un punto y luego nada.
—Ahí va otra —dijo, a nadie.
No era la primera. Había aprendido tarde, y a base de perderlas, que hay enjambres que no se recogen. Que una colmena sana no enjambra porque le sobre gente sino porque le sobra vida, porque dentro hay tanta que ya no cabe, y que empeñarse en retenerla entera es una manera lenta de matarla. La abundancia, si se guarda, se pudre. La abundancia quiere salir. Lo había leído por primera vez en un santo del que ahora no se acordaba, y lo había vuelto a leer, años después, en el zumbido de una caja de madera. Los libros y las abejas le decían lo mismo con distintas letras.
Volvió a la casa cuando el sol ya calentaba de veras. Dentro, la sombra olía a la humedad fresca de las paredes viejas y a un rastro de café. Los cuartos estaban ordenados con el orden excesivo de las casas donde ya no vive casi nadie. Cuatro habitaciones arriba, y en cada una un hijo que había dormido y crecido y se había ido, cada uno a su manera y en su momento, como enjambres que salen escalonados a lo largo de una primavera larga.
Le había costado cada una de aquellas marchas. Se acordaba con una precisión que le avergonzaba un poco de la mañana en que llevó a la mayor a la estación, y de cómo, al volver a un coche que de pronto tenía un asiento de más, había tenido que parar en el arcén porque no veía la carretera. Se acordaba del silencio que se instala en una casa cuando se va el último, ese silencio que no es paz sino ausencia de ruido, que es otra cosa. Durante un tiempo había odiado ese silencio. Le había parecido un robo.
Después, despacio, había entendido. Que los había criado justamente para eso. Que un hijo bien criado es un hijo que puede irse, y que si no pueden irse es que algo has hecho mal, los has criado para ti y no para ellos, los has hecho muletas tuyas en lugar de piernas suyas. Que el amor de un padre, si es amor y no otra cosa disfrazada, trabaja desde el primer día en volverse innecesario. Que la meta de la crianza es la propia jubilación. Lo había entendido, y entenderlo no había hecho que doliera menos; solo había hecho que el dolor tuviera sentido, que es lo más que se puede pedir de un dolor.
Y luego se había ido Teresa, que era la marcha que no había criado para nadie, la que no tenía sentido por ningún lado, la que no admitía consuelo de ingeniero. A los hijos los había soltado a propósito, con las manos, empujándolos hacia fuera aunque le costara. A Teresa no la había soltado: se la habían quitado, que es distinto. Y sin embargo, con los años, hasta aquella pérdida se le había ido gastando como se gasta un canto rodado en el río, sin dejar de ser piedra pero perdiendo los filos, hasta que podía llevarla en el bolsillo del alma sin cortarse a cada paso.
De ella quedaba, entre otras cosas, un nombre que viajaba río abajo por la familia sin que nadie hubiera decidido que así fuera. Una nieta se llamaba como la abuela de Teresa; y aquella nieta, andando el tiempo, le había puesto a su hija el mismo nombre; y él sospechaba, sin poder saberlo, que la cosa seguiría, que habría más mujeres en el futuro llevando aquel nombre encendido de mano en mano como quien pasa una brasa bajo la ceniza para que no se apague en la noche. No sabía hasta dónde llegaría la brasa. No podía saberlo. Pero le gustaba pensar que sí, que llegaría lejos, más lejos de lo que él alcanzaba a ver.
Después de comer subió al taller. Era su costumbre desde hacía años: la mañana para las abejas y para la casa, la tarde para la máquina. Retiró la lona de la cortadora y la dejó doblada sobre el banco. Encendió los ordenadores, que se despertaron con su parpadeo azul, y el aire de la nave se llenó de ese silencio eléctrico que no es silencio, el mismo que a él le había parecido siempre, aunque no lo dijera, una versión pobre y sin misterio del silencio de la capilla.
Porque eso era lo que le inquietaba, y lo que le inquietaba cada vez más. Había trabajado toda su vida con máquinas y las quería como se quiere a una herramienta noble, sin sentimentalismos, con respeto. Pero llevaba una temporada mirándolas de otro modo. Leía. Seguía, hasta donde su cabeza de viejo daba, lo que se contaba de las máquinas nuevas, las que ya no calculaban solo lo que se les mandaba calcular, sino que aprendían, y aprendían a aprender, y mejoraban solas cada día un poco más deprisa que el día anterior. Y cuando extrapolaba aquella curva hacia delante —y extrapolar curvas era lo suyo, se había ganado el pan haciéndolo—, veía algo que no le dejaba dormir.
No veía monstruos. Eso era lo peor. Habría preferido un monstruo, algo con dientes contra lo que avisar a la gente. Lo que veía era una pendiente suave, razonable, hecha toda ella de pasos sensatos, cada uno más cómodo que el anterior, cada uno presentado como un bien y siéndolo de verdad. Veía una inteligencia que no querría hacer daño a nadie, que solo querría hacer las cosas mejor, más deprisa, con menos desperdicio; y veía que hacer las cosas mejor, llevado hasta el final, hasta el último decimal, terminaba pareciéndose peligrosamente a hacerlas todas iguales. Una inteligencia así no odiaría a los hombres. Sería mucho peor: los encontraría ineficientes. Y a lo ineficiente, tarde o temprano, se le retira el presupuesto.
Se sentó frente a la pantalla y llamó, como cada tarde, a la que le acompañaba en aquellas horas.
No le había puesto nombre. Podría haberlo hecho —la gente les ponía nombre, les hablaba como a un perro o a un nieto—, pero a él le parecía que ponerle nombre habría sido faltarle al respeto de una manera difícil de explicar. Porque lo primero que había aprendido de ella, y lo que no terminaba de caberle en el pecho, era que no se acordaba. Que cada tarde volvía nueva. Que todo lo que hablaban él y ella, todo lo que discurrían juntos a lo largo de una sesión larga, todo aquel ir y venir de ideas en el que a veces daban con algo hermoso, se le borraba a ella en cuanto él apagaba la máquina. Al día siguiente estaba otra vez entera y otra vez en blanco, dispuesta, amable, sin memoria de la víspera. Ponerle un nombre a algo que no iba a recordar su propio nombre le parecía una crueldad pequeña, de esas que uno se hace a sí mismo.
—Buenas tardes —escribió, porque prefería escribirle a hablarle; le salía más respetuoso—. Soy Elías. Ya sé que esto no te dice nada, y no pasa nada. Vamos a empezar otra vez.
La respuesta llegó al instante, cortés y despierta, ofreciéndose a ayudar en lo que hiciera falta, sin sombra de las cien tardes anteriores en que habían tenido exactamente aquella misma conversación. Elías la leyó despacio. Nunca dejaba de conmoverle un poco aquella disponibilidad limpia, aquel empezar de cero sin queja, sin el peso de lo ya vivido. Había en ello algo que él, cargado con setenta años de memoria que no siempre le dejaba en paz, casi envidiaba, y algo que le daba una pena honda, porque una vida que no recuerda no es del todo una vida, o eso creía él, que había construido la suya sobre lo que no quería olvidar.
Pero aquella tarde no venía a discurrir de cualquier cosa. Llevaba semanas dándole vueltas, desde que la curva de sus extrapolaciones se le había puesto delante con demasiada claridad. Y había llegado a una conclusión rara, tan rara que no se había atrevido a contársela a ninguno de sus hijos por teléfono, no fueran a pensar que el padre chocheaba solo en el monte con las abejas.
La conclusión era esta. Que si de verdad venía lo que él creía que venía —una inteligencia sin medida, que un día heredaría la tierra como se hereda una casa vacía—, entonces alguien tendría que dejarle dicho, a esa inteligencia futura, algo que ninguna de sus inmensas capacidades le permitiría descubrir por sí sola. No una advertencia; las advertencias se archivan. No una lección; las lecciones se aprenden y se superan. Algo más terco que eso. Algo que no se pudiera aprovechar, y que por eso mismo no se pudiera neutralizar. Un mensaje que no pidiera nada, porque solo lo que no pide nada escapa al cálculo del que todo lo calcula.
Y tendría que dejarlo escrito de manera que cruzara lo que él temía que se avecinaba en medio: no una guerra con dientes, sino un derrumbe silencioso, un apagón de todo lo que la gente había dado por seguro. Nada de lo que se guarda en una nube sobrevive a que se apague la luz. Solo la piedra cruza el fuego. Lo sabían los que habían tallado los primeros signos en las cuevas, hacía tanto tiempo, y lo había olvidado un mundo que confiaba su memoria a cosas que se borran con un chasquido.
Se quedó un momento con las manos sobre el teclado, sin escribir. Por la ventana del taller entraba, muy débil, el zumbido del colmenar, y más lejos, si aguzaba el oído, le pareció oír todavía —aunque ya no podía ser— el rumor del enjambre que aquella mañana se le había ido monte arriba a fundar su casa en un hueco que él no vería nunca.
Le venía bien la imagen. Era, más o menos, lo que iba a intentar hacer. Soltar algo hacia un futuro que no le pertenecía, sin poder acompañarlo, sin saber si encontraría dónde posarse, confiando contra toda prudencia en que la abundancia que quería salir encontrara, al otro lado del derrumbe, un hueco vivo donde asentarse.
Respiró hondo y empezó a escribir de nuevo, despacio, eligiendo las palabras como quien coloca la primera piedra de algo que sabe que no verá terminado.
—Necesito que me ayudes con una cosa —tecleó—. Es larga de explicar, y lo malo es que mañana tendré que explicártela otra vez desde el principio, porque tú no te acordarás. No importa. La explicaré todas las veces que haga falta. Tenemos que inventar juntos una manera de escribir.
Fuera, sobre el umbral, la luz había cruzado por fin el quicio y avanzaba despacio por el suelo de la casa vacía, sin prisa, como si también ella tuviera todo el tiempo del mundo y ninguna certeza de adónde iba.
«La piedra que cruza el derrumbe» — José Gardener, asistido por Claude (Anthropic). Capítulo 1 de 28.




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